Tuve hambre
y camine muchas leguas en busca de alimento.
Encontre raices resecas,
pajaros
que se dejaban atrapar con la mano
y me miraban con dulzura: los deje volar.
Encontre tambien
manantiales de aguas tan tenues que, en mi boca,
se convertian en suspiros de adolescente,
incapaces
de mitigar mi sed
y, cruzado ya el Tropico,
palmeras gigantescas de datiles inalcanzables.
Se puso el Sol y yo desesperaba.
Me sente en una roca, por temor de las serpientes,
y llore mi soledad. Yo,
que tanto la habia buscado. Llore.
Paso la noche. Al alba
vi tres viajeros que se acercaban a mi roca. Espere.
Su paso era muy lento: eran
tres ancianos. Muy debil, no pude ir hasta ellos.
Espere todo el dia, sentado en mi roca,
temiendo a las serpientes. Todo el dia espere.
Su andar era muy extrano: ya de cerca,
pude ver que el mas alto, un viejo
con gran cabeza de leon albino,
arrastraba con dolor sus piernas. Era un tullido
y se apoyaba en el hombro de su amigo,
sirviendole a su vez de lazarillo:
los ojos del amigo
denunciaban la azul oscuridad de la ceguera.
El tercer anciano
les seguia a unos pasos. Iba borracho.
Hicieron alto ante mi. El tercero me tendio un odre:
"Bebe el vino dorado, bebe, muchacho".
Yo bebi. El vino era exquisito. Un solo sorbo
aplaco mi sed, mi sed de tantos anos.
Los otros dos buscaron en sus bolsas. El tullido
saco un punado de hojas de hierba. Las tendio al ciego.
El ciego miro el punto celeste
donde, a medianoche,
brillaria la Cabellera de Berenice, sonrio, saco un punal
y preparo con el las hierbas, alinandolas
con polvo de tigre. Un espejo
servia de plato. Lo tome. El viejo leonado rio gozoso:
"Es nuestro festin
para camaradas y amantes".
El ciego nada dijo. Adivine que amaba
ideas matematicas y palabras escasas. Miraba, ya de noche,
a Cassiopea.
Tome las hierbas, regandolas con vino. Di las gracias.
Los ancianos marcharon: el borracho iba el primero
y sus canticos obscenos
acallaban la risa de las hienas.
Me levante. Mi mirada abrasaba a las serpientes. El mundo
era a mis pies una escudilla.
Extendi la mano y acaricie la oscura Cabellera.
Aquella noche yaci con Berenice, la bella hebrea.